05 / El molino de Petlapa y los militares
El molino de Petlapa y los militares
Texto y fotografías / René Vázquez
© / CC BY-NC-ND
El pueblo de Petlapa
En 1985, residí con los Salesianos en la Misión de Río Manso, perteneciente a la Prelatura Mixepolitana en el estado de Oaxaca. La parroquia abarcaba un territorio de aproximadamente 20 por 50 kilómetros y atendía a 32 pueblos, además de diversas comunidades chinantecas.
Petlapa era el asentamiento más remoto de la zona alta de la parroquia. Llegar hasta allí implicaba un trayecto largo y extenuante; sin embargo, su importancia era clara al ser la cabecera del municipio. El acceso al pueblo solo era posible a pie o a lomo de mula, atravesando primero las comunidades del valle —la zona baja— para luego iniciar el ascenso a la sierra —la zona alta—.
A medida que subíamos los cerros, el paisaje se volvía más imponente. El clima se transformaba gradualmente: dejábamos atrás el calor sofocante de la selva para recibir el frescor de la montaña. Tras varios años de visitar la parroquia (tres veces por año) y algunos meses después de haberme establecido en la región, esta fue mi primera visita al pueblo y a los integrantes de la nueva Brigada Juvenil Chinanteca.
En este viaje me acompañaba Tello, un joven de Lovani, un pintoresco pueblo cercano a Petlapa. Aprovechamos que Lovani estaba en nuestra ruta para visitar a su familia y al grupo juvenil local durante los días previos a nuestro destino final.
El camino
El sendero por la montaña se reducía, en ocasiones, a una vereda sumamente estrecha. Sólo la destreza de un burro o una mula permitía avanzar con seguridad al borde de profundos desfiladeros. En otros tramos, debíamos cruzar a pie puentes muy angostos, construidos rústicamente con troncos de árboles.
Nos turnábamos para avanzar: uno caminaba mientras el otro montaba al animal. Yo prefería hacer los trayectos a pie, pues dirigir a la bestia resultaba agotador y, además, el andar me otorgaba la libertad de capturar con mi cámara los imponentes paisajes que nos rodeaban.
Aprovechábamos el refugio de las sombras para descansar o compartir los alimentos. En una de esas pausas, Tello me advirtió con sigilo: «Ahí viene gente de Petlapa; voltéate, que no te vean comer». Los viajeros pasaron de largo, no sin antes devolver con amabilidad nuestro «buenas tardes». Intrigado, le pregunté por qué debía ocultarme. «Ellos tienen la mirada muy profunda —me respondió— y pueden hacer que la comida se te endurezca en el estómago».
Petlapa fungía como la cabecera municipal. Lovani, el pueblo de Tello, pertenecía a su jurisdicción, por lo que cualquier asunto ante la autoridad debía tramitarse allí. En aquel viaje comencé a comprender mejor las marcadas diferencias que existían entre las diversas comunidades indígenas de la zona.
Finalmente, el pueblo se asomó en el horizonte. «Ya estamos llegando», anunció Tello. Una profunda alegría me invadió el alma; después de tanto tiempo, por fin conocería Petlapa, la comunidad más remota y la cual anhelaba mucho visitar.
Al alcanzar las primeras casas, me maravilló un acueducto construido con troncos de jonote, diseñado para conducir el agua hasta el centro del pueblo. Los lugareños me contaron que debían repararlo con frecuencia, pues los animales del monte, como los jabalíes, solían derribarlo en su búsqueda por calmar la sed. Aquella obra representaba un prodigio de ingenio que liberaba a los habitantes de la pesada tarea de cargar agua desde los arroyos. Más tarde supe que el proyecto fue impulsado por el padre Isidro Fábregas, un misionero español con más de veinte años de labor en la sierra.
Mi asombro creció al llegar a la plaza central. Allí se encontraba la infaltable cancha de básquetbol, la presidencia municipal con su vieja campana y una escuela primaria construida con materiales firmes. Mientras que en otros pueblos las escuelas eran apenas cuartos de jonote y techo de palma, esta contaba con varios salones, algunos de ellos con placas de dedicación. Mi sorpresa fue mayúscula al leer los nombres en ellas: Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas. Me quedé observándolas en silencio, asimilando aquel hallazgo.
Creí que, tras descubrir un pueblo tan singular, nada más podría sorprenderme. Pero entonces, conocí a Margot.
El encuentro con Margot
Al llegar, cumplí con el protocolo de presentarme ante las autoridades civiles y el mayordomo del templo para explicarles el propósito de mi estancia; me recibieron con una calidez y un entusiasmo notables. De inmediato organizaron mi logística: me asignaron una familia con quien compartir los alimentos y dispusieron que pernoctara en el curato, advirtiéndome que compartiría el espacio con otros visitantes que habían arribado días atrás.
Mi asombro fue total cuando, en aquel rincón apartado, escuché el marcado acento francés de un joven. Lo acompañaba una mujer de una belleza serena: de tez clara y larga cabellera, vestía un elegante vestido de manta con intrincados bordados.
¿Qué hacía una pareja tan singular en el pueblo chinanteco más remoto de la parroquia? No podía dejar de preguntarme cómo habrían llegado hasta allí. ¿Habrían recorrido aquellos senderos a pie, cargando esas robustas mochilas de excursionista que parecían pesar una tonelada?
Nos saludaron con cortesía y, con absoluta naturalidad, comenzaron a organizar sus pertenencias —ropa, cobijas y un par de libros— para hacernos un lugar en la habitación. Fue entonces cuando soltaron la noticia: a la mañana siguiente, una avioneta pasaría por ellos para trasladarlos a Mitla. Mi capacidad de asombro no tenía tregua: ¡una aeronave vendría a buscarlos a este confín del mundo!
Al amanecer, se pusieron en marcha hacia una pequeña pista de aterrizaje situada en una loma cercana. Ver la maniobra de aquella avioneta, descendiendo y volviendo a elevarse entre las montañas, resultó un espectáculo fascinante e irreal. Jamás supe, ni me permití preguntar, qué motivos traían a aquellos personajes a tierras tan lejanas; al final, sus razones les pertenecían sólo a ellos.
El reencuentro con Margot
Transcurrieron algunos meses. En la parroquia el trabajo era incesante, pero la hora de la comida se había convertido en un santuario de descanso y relajación. Lejos de las prisas a las que estaba acostumbrado en la ciudad, ahora disfrutaba de la sobremesa, de la charla pausada y de las noticias que daban vida al pueblo.
Cierto día, regresé a comer al atardecer en compañía de Porfirio Martínez, el joven coordinador de la Brigada Juvenil Chinanteca. En medio de nuestra conversación, irrumpió en el comedor aquella joven que había conocido en Petlapa. Buscaba al padre Isidro, pero él se encontraba de viaje en España.
Visiblemente decepcionada y con la urgencia marcada en el rostro, nos explicó su dilema: necesitaba trasladar a Petlapa a dos ingenieros del Politécnico que venían de la Ciudad de México. Sin embargo, el destino les había jugado una mala pasada: su vehículo se había averiado, dejándolos varados en Playa Vicente, Veracruz. Con el tiempo en contra, pues debían reincorporarse a sus labores el lunes siguiente, no encontraba la manera de cumplir con el trayecto de ida y vuelta en apenas un par de días.
Al caer la tarde, la invité a quedarse en la misión. Acordamos partir al día siguiente hacia Tuxtepec para buscar los servicios de una avioneta que volaba a Usila, la comunidad serrana conocida como la capital chinanteca.
La plática fluyó con una naturalidad asombrosa. Descubrimos que compartíamos la admiración por las letras de Mario Benedetti y las canciones de Joan Manuel Serrat; de hecho, él acababa de lanzar el disco El sur también existe, donde musicalizaba precisamente los versos del uruguayo. Entre poemas y melodías, la noche nos alcanzó. Margot me confió que, en sus visitas anteriores, el padre solía asignarle el cuarto que yo ocupaba en ese momento. Con naturalidad, le ofrecí compartir el espacio y ella aceptó.
En búsqueda del transporte aéreo
Al día siguiente, muy temprano, partimos hacia la ciudad de Tuxtepec con la esperanza de hallar un servicio de avioneta. Tomamos un taxi que nos condujo a la pista de aterrizaje, situada a las afueras de la ciudad, para negociar el traslado.
Sin embargo, el encuentro con el piloto fue un balde de agua fría. Al explicarle nuestro destino, fue tajante: esa pista en la montaña era un sitio sumamente difícil para aterrizar y él no estaba dispuesto a arriesgarse. «Ese servicio únicamente lo dan los de Usila», nos soltó con sequedad. «Ellos son exsoldados y están lo suficientemente locos para hacerlo».
Con la decepción a cuestas y el ánimo por los suelos, emprendimos el regreso a Tuxtepec. El calor sofocante y la frustración nos llevaron a comprar un "six" de cervezas; en ese momento, parecía que no quedaba nada más por hacer.
Mientras entrábamos a la ciudad, pasamos frente a un destacamento del ejército mexicano perteneciente a la "Operación Cóndor", la fuerza de lucha contra el narcotráfico. Era imposible no mirar: camionetas camuflajeadas, soldados portando armas largas y, lo que más captó nuestra atención, un par de helicópteros listos en la base.
Fue entonces cuando una idea descabellada cruzó mi mente. En silencio, busqué la mirada de Margot; nos leímos el pensamiento y compartimos una sonrisa cómplice. Entre trago y trago de cerveza, el taxista —que ya conocía nuestra urgencia por la avioneta— comentó con sarcasmo: «¡Órale! Ahí están los helicópteros, que los lleven ellos, jajaja».
—Regrésate —le dije al taxista, ignorando su tono de broma. Él se puso serio de inmediato. —Están locos, son soldados —advirtió. —Solo regrésate —insistí.
Solicitamos permiso para hablar con quien estuviera al mando y, para nuestra sorpresa, nos permitieron pasar amablemente. Al bajar del taxi y dirigirnos a las oficinas, me sentí impresionado; nunca había estado dentro de una instalación militar de ese tipo. Observaba de cerca las armas largas y a los soldados, hombres de complexión atlética cuya presencia distaba mucho de la imagen que yo tenía de ellos.
Durante la espera, le pregunté al militar que nos guiaba si no sentían miedo en su labor. Me confesó que el riesgo era constante y que, en muchas ocasiones, al descender hacia los plantíos de marihuana, ya los estaban recibiendo a disparos.
Finalmente nos recibió el mando a cargo. Margot, con gran elocuencia, le explicó la urgencia de subir a dos ingenieros del Politécnico a Petlapa para reparar un molino, detallando los contratiempos que habían tenido con su vehículo. La respuesta fue directa: él no tenía la autoridad para otorgar un "aventón aéreo", pero nos indicó quién sí podía autorizarlo. Nos citó para recibirnos al día siguiente por la mañana en Tuxtepec.
Con una chispa de esperanza renovada, le dimos las gracias y volvimos al taxi. Uno de los soldados con los que habíamos charlado nos pidió, muy amablemente, si podíamos llevarlo hasta su hotel en la ciudad. Accedimos sin dudarlo, dejando atrás el destacamento con la promesa de una posibilidad en el aire.
Justo al llegar al taxi, un pensamiento me asaltó de golpe: ¡las cervezas! Las habíamos dejado allí, abiertas, antes de nuestra improvisada incursión al destacamento.
Al subirnos al coche, la amabilidad que los militares habían mostrado minutos antes se evaporó al instante. Quizás fue en ese momento cuando repararon en lo insólito de la situación: éramos una pareja que, a sus ojos, debía resultarles del todo fuera de lo común. Margot lucía su hermoso huipil bordado, mientras que yo ofrecía una imagen puramente de la época: greñudo, de barba larga, con lentes redondos y calzando huaraches, vistiendo pantalón y camisa de manta. Y para rematar el cuadro, allí estábamos, bebiendo cerveza en un taxi frente a la autoridad.
El ambiente se volvió denso. Sus miradas se tornaron serias, casi gélidas, y la tensión se volvió tan palpable que el silencio resultaba ensordecedor. No hacían falta palabras; aquel diálogo de miradas lo decía todo: estábamos bajo el escrutinio de hombres entrenados para la sospecha.
Solo cuando finalmente dejamos a los soldados en su hotel, la atmósfera recuperó su calma. Fue entonces cuando el taxista, soltando el aire que parecía haber estado reteniendo, rompió el silencio con una confesión sincera: «La verdad, yo sí me asusté mucho».
Una petición crucial y fuera de lo común
Al día siguiente, acudimos puntuales al hotel. Fue Margot quien tomó la palabra frente al militar de mayor rango para plantear nuestra inusual petición. Para mi absoluta sorpresa, el oficial accedió, aunque con una condición tajante: «Solo a dos personas; los subimos y allá los dejamos. No podemos quedarnos a esperarlos».
¡Era increíble! Contra todo pronóstico, Margot lo había logrado. Poco después, escoltamos a los ingenieros hasta la base y fuimos testigos de un momento irreal: el despegue de los helicópteros rumbo a las cumbres de Petlapa.
El resto de la logística fluyó sin contratiempos. Enviamos a un mensajero con mulas para que los encontrara en el camino de regreso y los ayudara a descender de la sierra. Lograron llegar a la Ciudad de México el lunes por la mañana, exhaustos y desvelados, pero con la satisfacción del deber cumplido: habían analizado las fallas del molino, una pieza de ingeniería que aprovechaba la fuerza natural de una caída de agua para funcionar.
Es difícil dimensionar el impacto que aquel molino tuvo en la vida cotidiana de la comunidad. Para las mujeres, significó una revolución: lo que antes implicaba horas de esfuerzo físico moliendo el nixtamal en el metate, ahora se resolvía en cuestión de minutos.
Aquel proyecto era el fruto de años de entrega por parte de Margot y su equipo. Habían dedicado tiempo a comprender las necesidades de las mujeres indígenas, a sumergirse en su entorno y a socializar la idea con el Consejo de Autoridades Indígenas hasta encontrar el lugar ideal para su instalación. Fue una labor titánica: desde localizar la caída de agua adecuada y conseguir el diseño de un ingeniero, hasta gestionar los recursos para construirlo. El molino viajó por tren y luego fue subido a la sierra a lomo de burro y sobre los hombros de los propios ciudadanos; fue una obra donde todo el pueblo puso el corazón.
La despedida
Nos despedimos con la tranquilidad que da el objetivo alcanzado. Yo partí hacia la ciudad de Oaxaca y ella emprendió el regreso a la capital del país.
Tiempo después, al concluir mi año en la misión, hice una escala en la Ciudad de México antes de volver a Guadalajara. Margot me brindó posada en su casa durante unos días y, en el transcurso de una charla nostálgica, me dijo una frase que se quedó grabada en mi memoria: «El sueño ha terminado». Me tomó mucho trabajo, y varios años de vida, alcanzar a comprender y vivenciar el verdadero significado de aquellas palabras.








Gran experiencia, gracias por compartir por compartir.
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