23 / En búsqueda de El Chaneca
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En búsqueda del Chaneca
Texto y fotografías / René Vázquez
© / CC BY-NC-ND
Máximo Manzano: Guardián de la memoria chinanteca
Máximo Manzano Hernández, chinanteco originario de San José Río Manzo (Lalana, Choapan, Oaxaca), es el heredero de un invaluable legado cultural. De su padre no sólo recibió el conocimiento, sino también los secretos del uso de las plantas medicinales, una sabiduría ancestral que siempre custodió con orgullo.
Actitud que supo conservar y heredar a su descendencia; hoy uno de sus hijos continúa como guardián de su legado.
Movido por la preocupación de que su cultura se desvaneciera, Máximo se dedicó con fervor a documentar cada historia, mito o leyenda que llegaba a sus oídos. Su labor permitió recuperar testimonios fundamentales sobre la fundación de diversos pueblos de la región.
Uno de sus proyectos más significativos fue el rescate de la memoria histórica de San José Río Manzo. Con el firme objetivo de obtener testimonios de viva voz, organizamos un desayuno en el jardín de niños de la misión de los salesianos.
Allí, nos reunimos con las personas más ancianas de la comunidad —muchas de ellas descendientes directos de los fundadores— para escuchar y registrar sus recuerdos.
Durante mi estancia de más de un año en Río Manzo, tuve el privilegio de colaborar estrechamente con él y sus investigaciones. Me dediqué a documentar fotográficamente ese encuentro; fui testigo del entusiasmo y el esfuerzo de los participantes por precisar lugares y fechas para definir el origen de su comunidad.
El Chaneca: El Dueño y Señor del Monte
En la rica mitología chinanteca destaca una figura tan fascinante como escurridiza y temida: el Chaneca o la Chaneque. Se trata de un ser con múltiples formas de manifestarse e interactuar con los habitantes de la región.
Las descripciones varían según quien las cuente:
• Para algunos, es un "caballero galán y elegante", vestido con el porte de un charro.
• Para otros, se presenta como un "niño travieso" que se deja ver apenas por unos instantes.
• También se le reconoce como un "mal viento", una entidad cuya aparición puede provocar graves afectaciones a la salud.
Sin duda, la descripción más poderosa es la de "Dueño y Señor del Monte". Por esta razón, cuando un chinanteco se adentra en la selva para cazar, lo hace con respeto. Eleva una oración en su lengua materna para pedir permiso y protección al Chaneca, solicitando su ayuda para obtener el sustento, ya sea un jabalí, una cócona (pavo de monte), un faisán real o un pico canoa (tucán).
Expedición a las entrañas del monte
Intrigado por los relatos ancestrales, Máximo se propuso localizar la ubicación exacta de la cueva mencionada en la leyenda. Una vez identificada, organizamos una expedición para explorar el lugar.Camino a la cueva del Chaneca
Para esta travesía, Máximo invitó a un amigo cercano, a quien se unieron el “Chavo” Mundo y Gerardo Pérez; este último también había dedicado un año de labor en la parroquia.
Máximo se preparó meticulosamente: vestía un buen sombrero «por si» el sol apretaba, aunque los 40 grados de temperatura ambiente ya eran un recordatorio constante del rigor del clima.
Cargaba además una soga larga, «por si» se necesitara cualquier descenso a las profundidades, y su inseparable machete, herramienta vital para abrirse paso entre la espesa maleza.
El trayecto fue un desafío físico. En varios tramos, debíamos caminar sobre troncos de árboles caídos para sortear arroyuelos y zanjas de considerable profundidad. Durante el camino, Máximo comentó en tono de broma: «Hay que estar listos por si sucede algo inesperado». En ese momento, nadie imaginó que sus palabras serían premonitorias; algo estaba a punto de manifestarse.
Al cruzar una cañada, en las primeras horas de la mañana, Máximo me compartió uno de sus anhelos: construir una pequeña represa para cultivar las tierras circundantes. «Algún día la voy a construir», afirmó con una determinación que reflejaba su profundo vínculo con aquella tierra.
La llegada a la cueva
Cerca del mediodía, finalmente alcanzamos el legendario sitio. El paisaje era imponente: un arroyo corría con rapidez, internándose en las entrañas del monte para reaparecer, pocos metros adelante, por el otro extremo de la montaña. Para explorar mejor la zona, decidimos dividirnos; Gerardo y yo tomamos un flanco, mientras que el resto del grupo se dirigió por el lado opuesto.
Avanzábamos sin veredas, abriéndonos paso entre una vegetación tupida y hostil. Debíamos apoyarnos con firmeza en las rocas y caminar con extrema cautela, vigilando cada paso sobre la densa hierba. Sabíamos que era territorio de arácnidos y, sobre todo, de imponentes tarántulas; en una ocasión anterior ya me había topado con un ejemplar de gran belleza, pero la precaución era nuestra mejor aliada.
Un encuentro inesperado
Fue durante el camino de regreso cuando el monte nos reveló uno de sus secretos. Mientras me apoyaba en la pared de piedra, levanté la vista y, en un pequeño recoveco del muro rocoso, divisé a un animal magnífico: una serpiente descansando su cabeza sobre su propio cuerpo largo y enroscado.
Tenerla allí, a menos de un metro de distancia, a la altura de mi rostro, fue una experiencia espectacular y, a la vez, aterradora. Tardé unos instantes en reaccionar, paralizado por la sorpresa; era un hermoso ejemplar.
Al dar un par de pasos hacia atrás para alejarme, el asombro se transformó en un miedo instintivo al comprender que podría tratarse de una especie venenosa.
El desenlace: Entre el temor y la reverencia
El pánico se apoderó de nosotros ante la cercanía de la serpiente; gritamos a Máximo con tal desesperación que el espanto en nuestras voces debió de ser evidente. Al llegar, él mantuvo una calma imperturbable y nos indicó que nos alejáramos con extrema lentitud. Por fortuna, el animal no mostró signos de agresión; Máximo sugirió que, probablemente, acababa de alimentarse y se encontraba en un estado de letargo o sueño profundo.
El "Dueño del Monte" frente a nosotros
Máximo identificó al ejemplar como una Nauyaca, conocida también en la región como "Sorda" o "Cuatro Narices". Mientras nos explicaba la naturaleza de su veneno, se internó brevemente en el monte para cortar lo que los lugareños llaman simplemente un "palo" (término que emplean para referirse a cualquier árbol).
Se trataba de un tronco largo y erizado de espinas. Con una destreza magistral en el manejo del machete, comenzó a limpiarla para tallar una lanza de punta sumamente afilada. En medio de la tensión, le pregunté: —Máximo, ¿de qué tamaño tiene que ser el palo? Su respuesta fue una sentencia que no olvidaré: —Del tamaño de tu miedo. En ese instante, pensé que incluso uno mucho más grande no habría sido suficiente para calmar mi inquietud.
Un acto de supervivencia
La víbora permanecía estática. Máximo evaluó el peso de su arma improvisada, calculó la distancia y lanzó un golpe certero para inmovilizarla, pero falló en el primer intento. El impacto quedó a escasos centímetros del cuerpo hermosamente enroscado; el animal, sorprendentemente, ni siquiera se inmutó.
Pese al nerviosismo, yo no dejaba de capturar fotografías de aquel momento. Máximo, con sumo cuidado, retiró la lanza, volvió a apuntar y esta vez acertó. Una pequeña polvareda se levantó, ocultando por un momento la escena, mientras él presionaba con fuerza y giraba el tronco contra el muro. No hubo duda: el golpe había sido definitivo.
Reflexiones sobre el intruso y lo sagrado
Ver morir a aquel animal —que momentos antes me inspiraba una mezcla de sorpresa, admiración y un miedo paralizante— me provocó sentimientos profundamente encontrados. Al final del día, nosotros éramos los intrusos; la víbora estaba en su hábitat, en su propia casa, y por alguna extraña razón decidió no atacarnos. Y, sin embargo, le quitamos la vida.
No obstante, comprendí que para los chinantecos esta no es una cuestión de crueldad, sino una cruda ley de supervivencia: es su vida o la de ellos. Están acostumbrados a ver morir a los suyos por las mordeduras de las innumerables víboras de la región, que varían en tamaño, color y letalidad.
Al observar sus restos, la imagen de la serpiente me evocó inevitablemente a Kukulkán, la serpiente emplumada de los mayas que desciende por la pirámide de Chichén Itzá en cada equinoccio. Vi en ella esa misma cabeza imponente de fauces abiertas y, dibujados en su cuerpo, los mismos patrones triangulares que han marcado la historia y el mito de estas tierras desde tiempos inmemoriales.
Epílogo: El silencio del monte
Tras la intensidad del encuentro y la profunda carga simbólica de lo vivido, el motivo que originalmente nos había llevado hasta las entrañas de la selva pasó a un segundo plano. La presencia de la Nauyaca y el peso de su sacrificio habían llenado por completo el espacio de mis pensamientos, recordándome que en este entorno la vida y la muerte caminan siempre de la mano.
Del Chaneca ni nos acordamos en ese momento; el espanto y el asombro ante la realidad tangible del monte terminaron por eclipsar la curiosidad por el mito.
Agotados por la tensión y el esfuerzo de la jornada, decidimos abandonar la búsqueda ese día. Al fin y al cabo, la selva guarda sus misterios con una paciencia milenaria y sabíamos que, en otra ocasión, volveríamos a buscarlo.




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