09 / Que desgracia tan desgraciada
Más de mil y una palabras…
¡Qué desgracia tan desgraciada!
CC BY-NC-ND Texto y fotografías / René Vázquez
Celebración de la Pascua de 1986
Con motivo de la celebración de la Pascua Juvenil en la parroquia de San José Río Manso (comunidad chinanteca al norte del estado de Oaxaca), a la que asistieron jóvenes de los 42 pueblos que comprendía la parroquia, consideré oportuno propiciar un encuentro con su cultura. Por ello, se realizó la exposición móvil La Chinantla en… y se invitó a Margot Aguilar a exponer diapositivas sobre la Chinantla Pichinche de la región de Usila, una zona prácticamente desconocida por la misma población. Además, se dio a conocer el proyecto de la rueda hidráulica que hacía funcionar un molino en el pueblo de San Juan Petlapa.
Días antes de la Pascua, Margot me llamó para preguntarme si era posible invitar a cuatro personas a Río Manso: Orestes, su sobrino; Jorge, un productor de radio de California interesado en hacer una serie de grabaciones y entrevistas al padre Guillermo García (párroco de Río Manso) y a Máximo Manzano (investigador de la cultura chinanteca, director del Museo Chinanteco La Casa de Nuestras Raíces y miembro de la comunidad); a Laura, también amiga de Margot y por último, Carol López, ciudadana de California y amiga suya que estaba en México en esos días.
Carol trabajó en Nicaragua después de la revolución en un programa de autoconstrucción de viviendas. Vino a México después del temblor de 1985 para trabajar con el mismo programa en las colonias Guerrero y Morelos, ambas muy dañadas. Allí, muchas personas murieron y otras quedaron en la calle.
En Estados Unidos, trabaja en un programa de apoyo para la recuperación física y psicológica de jóvenes que han sido víctimas de violencia sexual.
Estuve de acuerdo con su estadía en Río Manso.
Sábado de Gloria
El ambiente estaba animado en el pueblo. Ya había muchos jóvenes y, por la noche, compartimos la cena.
Me comuniqué a Tuxtepec con don Octaviano, quien me informó sobre la llegada de Margot con sus invitados y su salida hacia el templo de Río Manso; ahí sería la reunión.
Mientras ensayábamos los cantos para la bendición del agua y del fuego nuevo con los jóvenes de la parroquia, llegó Margot con su grupo de invitados. Tras haber viajado todo el día sin comer, Juanita, del pueblo de Río Manso, les ofreció su casa para cenar. Como no tenía muchas tortillas, una muchacha les ofreció de las que llevaba para la ofrenda en la misa.
Sin embargo, como ya estaba por iniciar la celebración, Margot decidió esperar hasta el final para cenar.
Jorge se dedicó a grabar en audio los cantos, el mensaje del padre y las respuestas de las personas.
Todo terminó aproximadamente a las dos de la mañana. Máximo se acercó a saludarnos a Margot y a mí; le presenté a los invitados y le comenté la intención de Jorge de entrevistarlo, idea que le gustó mucho. Al saber que no habían comido en todo el día, nos invitó a tomar un café en su casa. Su esposa se levantó para prepararnos unos huevos y todos tomamos champurrado, totopos con queso y café.
Platicamos sobre su trabajo, sus investigaciones y sus planes, entre otras cosas. Se hizo más tarde y, finalmente, nos fuimos a la casa de la misión.
Domingo de Resurrección
Al llegar a la casa, como aún había gente despierta y ya eran las tres de la mañana, quisimos seguir en vela para intentar ver el cometa. La plática continuó y nos fuimos al puente, pues era el lugar más despejado que había. Carol, Jorge y Orestes se fueron a dormir. De los que nos quedamos para ver el cometa, poco a poco se fueron retirando a descansar, pues el tiempo pasó y nunca lo pudimos ver.
Durante el día se realizaron las actividades previstas: Jorge entrevistó al padre Guillermo y Margot mostró las diapositivas del proyecto de la rueda hidráulica para el molino de Petlapa. Por su parte, Orestes, Laura y Carol fueron a bañarse al río.
Más tarde, participaron en la visita al museo La Casa de Nuestras Raíces y asistieron a la presentación del programa sociocultural que se llevó a cabo en el templo. Al final, Margot proyectó las transparencias de la rueda hidráulica para el pueblo y los jóvenes.
Posteriormente, el padre Rodolfo celebró la misa. Mientras tanto, algunos asistentes comenzaron a despedirse, pues al día siguiente saldrían muy temprano de regreso a sus comunidades.
Ya por la noche, cuando terminó la misa, todos regresamos a la casa. Unos se adelantaron y otros se rezagaron; el ambiente era festivo y todos iban felices. Yo me retrasé un poco para esperar unas cosas. Al llegar a la casa, Jorge me comentó que estaba preocupado porque Carol no se encontraba ahí. Le pedí que no se inquietara, pues tal vez vendría con alguien más (ya que aún seguía llegando gente), pero le aseguré que, si tardaba, iríamos a buscarla. Él respondió que no había problema, pues ella sabía cuidarse sola.
Un hecho inimaginable
Apenas transcurrieron unos minutos, llegó muy asustada Emilia, una compañera del grupo de México, y me comentó que Carol estaba en el dispensario; había llegado del rumbo del río desnuda, golpeada y ensangrentada. En ese momento pocos se enteraron. Quienes sabían y estaban cerca comentaron que se había ido a bañar en la noche y la habían atacado, llegando al pueblo cubriéndose el cuerpo con una toalla. De inmediato le avisé a Margot que ya había aparecido; como estaba muy preocupada por Carol, corrió hacia ella.
José Luis, del grupo de San Luis Potosí, me comentó lo mismo que Emilia. Él y el doctor del grupo de México habían sido los primeros en llegar del pueblo; habían oído gritos pidiendo ayuda y salieron a ver qué pasaba.
Salí con José Luis al río a buscar el lugar donde la habían atacado. Buscamos alrededor en el monte, pero no encontramos nada. Regresamos a la casa y nos dijeron que había sido en otro lugar, en el camino a la comunidad de La Esperanza. Carol ya estaba siendo atendida por el doctor, quien aprovechó los medicamentos que había en el dispensario.
Margot ya había platicado con Carol sobre dónde había sido y cómo ocurrió: una vez terminada la celebración, Carol se sintió cansada y decidió irse de inmediato a la casa. Al cruzar el puente, escuchó que alguien la seguía. Ella se dirigió hacia la casa, pero equivocó el rumbo y no siguió la rodada del tractor. Le preguntó a la persona que venía detrás si ese camino llevaba a la casa de los padres y, engañándola, el sujeto le dijo que sí.
Era un hombre joven, medía como 1.60 metros, de tez oscura y vestía una camisa azul.
Él le preguntó en inglés si quería bailar. A ella le pareció curioso que alguien de la región hablara su idioma, por lo que le preguntó cómo era que sabía inglés. Él le contestó que durante un tiempo había vivido en los Estados Unidos.
Sucedió lo impensable
Continuaron platicando hasta que ella notó que ya habían caminado demasiado, por lo cual decidió regresar al pueblo. Entonces, el hombre, que se había portado muy amable desde el principio, la aventó y la agredió. Ella reaccionó y trató de calmarlo, pero él continuó atacándola. Carol se defendió y peleó un buen rato, pues sabía karate y kung-fu. Sin embargo, se fue cansando hasta que él pudo tomarla del cuello para estrangularla. Cuando ella sintió que comenzaba a perder el conocimiento y a desmayarse, dejó de luchar. Fue entonces cuando él le desgarró el vestido y el traje de baño, y la violó.
Poco después, ella vio acercarse a dos personas con linternas encendidas. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Carol volvió a gritar, y entonces el atacante huyó corriendo hacia el monte. Ella les pidió ayuda para llegar a la casa de los padres o al pueblo, pero esas dos personas, que iban a caballo, no hicieron nada y se fueron. Al poco rato, se escucharon dos disparos. Ella corrió, tapándose con lo que alcanzó a recoger para cubrir su cuerpo, cruzó una puerta del potrero y salió a la parte trasera de la casa gritando y pidiendo ayuda.
Un compañero de Celaya y yo salimos a buscar por el camino a La Esperanza. Agarramos cada quien un garrote por lo que pudiera suceder y caminamos bastante sin encontrar nada. Regresamos por la ruta por donde había pasado Carol, pero no vimos ninguna señal. Al volver a la casa, encontré a todos reunidos en el comedor realizando una evaluación; no se habían percatado de lo sucedido.
Una cruda realidad
En plática con Jorge y Carol, concluimos que se debía levantar una denuncia de lo sucedido para que no quedara "nada más así", sino que se hiciera algo al respecto. Jorge comentó que sería bueno que no intervinieran autoridades mestizas, sino que las mismas autoridades indígenas resolvieran el problema e hicieran justicia como era su costumbre. Carol estuvo de acuerdo con esa decisión: que los indígenas resolvieran sus propios problemas y no otro tipo de autoridades.
Cuando íbamos a buscar a la autoridad de Río Manso, Ruth me comentó que Martín no llegaba. Había salido desde la tarde a Tuxtepec para llevar al padre Guillermo, acompañado por otros miembros del grupo; ya era de noche y aún no regresaban. Intenté comunicarme por radio con algún colega de los boinas negras, una asociación de radioaficionados de la región que presta ayuda en cualquier tipo de emergencia. Entré en contacto con un chofer que recorrió el tramo entre Tuxtepec y Playa Vicente, quien me comentó que no había visto ningún accidente. Supuse que se habrían quedado a dormir en Tuxtepec o que llegarían más tarde. Al saber que no había percances en la carretera, nos quedamos tranquilos por lo de Martín, mas no por lo de Carol.
Fuimos al pueblo a levantar el acta. Al pasar por el camino donde estuvo Carol, Margot y yo decidimos dar otro recorrido para ver si encontrábamos algo, o al menos el lugar exacto de la agresión. Tomamos un garrote y recorrimos un buen trecho; sin embargo, no encontramos nada y regresamos.
Al llegar al puente, vimos a un grupo de personas cruzarlo para tomar el camino a la casa de los padres. Eran Martín y los demás miembros. Nos comentaron que se habían entretenido, pues el padre Guillermo se había despedido de muchas personas.
La denuncia
Eran como las 0:30 horas cuando llegamos a la casa de Donato, la autoridad de Río Manso. Tocamos un buen rato hasta que despertó y nos abrió. Le comentamos lo sucedido y nuestra intención de levantar un acta de los hechos para que se realizara una investigación, ya que teníamos los datos del atacante. Después de escuchar todo, nos dijo que ya era muy tarde; que su secretario, el comandante y los policías vivían muy lejos, del otro lado del pueblo, por lo que seguramente estarían dormidos y no veía cómo íbamos a despertarlos.
Después de mucho insistir, accedió y fuimos a despertar a su segundo al mando. Fue el mismo proceso: después de mucho tocar nos abrió, no sin antes asegurarse muy bien de quiénes éramos. Nos comentó que era peligroso abrir la puerta a esas horas de la noche. Le comentamos lo sucedido y estuvo de acuerdo en levantar el acta; como no estaba el secretario, nosotros mismos la redactaríamos.
Nos dirigimos a la agencia para hacerlo. Estaban asombrados por lo sucedido; comentaron que nunca había pasado algo parecido y que el agresor no podía ser de Río Manso, sino que tuvo que haber sido de otra comunidad más adentro. Además, como el ataque ocurrió del otro lado del río, argumentaban que era tierra de La Esperanza, por lo que tocaba levantar el acta allá o en Montenegro, por ser la cabecera municipal. A fin de cuentas, a esas altas horas de la noche levantamos el documento, y yo firmé como denunciante a nombre de Carol.
Regresamos a la casa como a las dos de la mañana. Ya muchos estaban dormidos y sólo unos cuantos seguían despiertos. Me enteré de que el padre Rodolfo había visitado a Carol para acompañarla un rato, y que el padre Jesús había llegado el día anterior y ya estaba descansando.
Carol tuvo una crisis nerviosa, por lo que el doctor le inyectó un calmante. Tomamos café y un brandy que guardaba en mi cuarto para aguantar la desvelada, y pasamos la noche en vela. Entre las cuatro y cinco de la mañana, tras oír ruidos en el comedor, me acerqué a ver qué pasaba. Eran las compañeras del grupo de Celaya, que seguían despiertas porque habían escuchado gritos y estaban preocupadas.
Un crudo despertar
Ya con el nuevo día se fueron los grupos de Celaya, Guadalajara y San Luis Potosí; el grupo de México se quedó hasta más tarde. Tras el desayuno, los junté a todos para platicarles lo sucedido, pues caí en la cuenta de que todo se había manejado como a escondidas, como si no hubiéramos querido que nadie se enterara. Pero no era así: la idea era no molestar, mucho menos a Carol. Por esa razón la habíamos cambiado de cuarto, de modo que estuviera lo más sola posible, pues Margot y yo pensamos que muchos, al no saber lo ocurrido, se pondrían a cantar o a platicar.
Ya en la reunión con el grupo de México, les platiqué hasta donde se sabía. La reflexión era que se platicara y comentara lo sucedido, además de entender que Carol estaba luchando consigo misma y que, a pesar de todo, se preocupaba por las demás muchachas de los grupos.
Cuando se fueron también ellos, me quedé solo y me senté a esperar a que llegara el padre Isidro. El padre Rodolfo me invitó a la capilla para platicar, pero no acepté; quería estar solo, para pensar en todo lo sucedido.
Cuando se levantó el padre Jesús, le informé que habían atacado a una muchacha. Sin dejarme terminar, me dijo: "Las fregadas muchachas tienen la culpa". Y agregó que en Río Chiquito dejaban meter hombres al dormitorio, y que si creían que la gente de ahí eran unos angelitos... que cuando mucho la habrían manoseado y le habrían sacado un susto.
Terminé de contarle que estuvieron a punto de matarla y que la habían violado. Me comentó que era mejor no mover nada y esperar al padre Isidro, pues él sabría qué hacer. Sin embargo, añadió que en estos casos no se podía hacer nada, y que era imposible atrapar al hombre que atacó a Carol.
Enfrentarse con la verdad
Al levantarse, Carol, Margot, Jorge, Laura y Orestes fueron a buscar el sitio donde sucedió todo. Carol quería asimilar lo ocurrido y estar consciente de ello, así que fue a buscar sus cosas. Encontraron pedazos de su vestido y del traje de baño. Sin embargo, su cuaderno, que era lo que más le interesaba porque contenía notas muy importantes para ella, no lo encontró.
Durante la comida, Carol expresó su deseo de que este hecho sirviera a la comunidad. Esperaba que la misma autoridad local hiciera justicia y que no intervinieran autoridades ajenas a las indígenas.
Además, platicó sobre el programa de apoyo a mujeres víctimas de violación en el que ella trabajaba en Estados Unidos. Comentó sobre la grave situación que enfrentan las mujeres, señalando que una de cada tres sufre este delito, lo que genera otra serie de problemas. Explicó que también existen abusos sexuales contra niños y jóvenes; sin embargo, para los hombres no hay programas de ayuda. A esto se suma que, casi siempre, tanto hombres como mujeres lo callan y no denuncian.
Al hablar de la situación en su país, mencionó que existen algunas sectas judeocristianas cuyas prácticas religiosas dictan que un niño no cuenta como persona hasta que no sea circuncidado y presentado en el templo ante Dios para ser considerado Su hijo. Bajo esta mentalidad, sienten que pueden hacer con los menores lo que sea. Explicó que, debido a esto, se dan casos de abusos sexuales en bebés de ocho meses, o incluso los venden; en fin, les hacen cualquier cosa justificándose en que aún no son "hijos de Dios".
El indicio del culpable
Durante la tarde, pedí informes sobre alguien que respondiera a las señas del agresor. Una persona, que me pidió mantener su anonimato, me informó que en San Jacobo había amanecido un señor con indicios de ser el culpable. Se lo comenté al padre Isidro, quien de inmediato redactó una carta dirigida a la autoridad. Mientras tanto, no le dijimos nada a nadie para no alarmar ni crear falsas expectativas sin tener algo claro.
Carol y el grupo se encontraban en el jardín repasando diversas lecturas. Le pedí a Beto, ayudante de la misión, que me ensillara un caballo. Mientras él lo preparaba y el padre terminaba la carta, entré a la capilla para hacer oración.
Al llegar a San Jacobo, me dirigí con Pancho, encargado del grupo juvenil, ya que estaba cumpliendo su año de servicio como policía de la comunidad. Le pedí que me llevara a la casa de la autoridad, pues traía un asunto delicado. Sin embargo, la autoridad aún no regresaba del potrero, por lo que Pancho me condujo a la casa del secretario. Le entregué la carta; al leerla, se extrañó mucho y lo comentó en su idioma con Pancho. Le pedí que arrestaran de inmediato al sospechoso para que Carol pudiera identificarlo, pues temía que, al enterarse de mi presencia en la comunidad, intentara escapar.
El secretario y Pancho me comentaron que esta persona andaba diciendo que la noche anterior, en el camino de Río Manso a San Jacobo, pasando el puente, lo habían atacado varios hombres. Sin embargo, argumentaba que, como andaba borracho, no se acordaba muy bien de lo sucedido; además, tenía arañazos en la cara y el cuello.
Todo coincidía: el lugar, los arañazos y la historia poco convincente de que varios hombres lo habían atacado.
El secretario mandó a Pancho a buscar a los otros policías, por lo que la espera fue larga. Mientras comentábamos los detalles del ataque, llegaron otras personas que se sumaron a la plática. Varios de ellos aseguraban que él era el culpable y mencionaron haber escuchado que se había peleado con una mujer la noche anterior, entre otros rumores.
Tiempo después, llegó Pancho con la noticia de que ya lo habían metido a la cárcel. Fui a verlo de inmediato y comprobé que, efectivamente, traía el rostro arañado. Le exigí que me mostrara la espalda y el cuello; también tenía rasguños, raspones y marcas de uñas enterradas en varias partes del cuerpo.
Presentía que era el culpable
Mostraba un rostro tranquilo mientras fumaba un cigarro marca Alas. Le hice varias preguntas y me respondió a todo; en ningún momento se negó a mostrarme los rasguños. En esos momentos yo estaba seguro y podría haber afirmado que era él, que tenía ante mí al hombre que atacó a Carol. Sentía tanto coraje que me dieron ganas de tener una pistola y vaciársela, pues pensaba que era un animal, no un hombre.
En mi interior me cuestionaba sobre su inocencia, pues en realidad debía ser considerado inocente hasta demostrar completamente su culpabilidad. Sin embargo, todo indicaba que efectivamente no lo era.
Regresé con el secretario y le pedí que, en cuanto llegara la autoridad, lo llevaran inmediatamente a Río Manso para que Carol lo identificara.
Volví para informarle al padre Isidro y a Carol. Mientras tanto, nos fuimos al río a bañarnos, y Jorge aprovechó para grabar sonidos del medio ambiente.
Durante la cena comentamos la intención de hacer una fogata para quemar los pedazos de ropa que Carol logró recuperar. Oscureció, pero las autoridades de San Jacobo nunca llegaron con el detenido.
Terminada la cena nos pusimos a ver transparencias. Margot le mostró al padre Isidro las fotografías de la rueda hidráulica y del molino de Petlapa, mientras que yo presenté un audiovisual del Salmo 104 y de la región. Al terminar, nos organizamos para la fogata.
Carol se fue a su cuarto y ya no regresó, pero le pidió a Laura que quemara los pedazos de ropa que había recogido del lugar del ataque. Laura los echó a la fogata y el silencio nos inundó las entrañas. Pasó un buen rato antes de animarnos a decir algo, hasta que Jorge rompió el silencio comenzando a leer poemas de César Vallejo, de Ernesto Cardenal y algunos de su propia autoría.
Frente a frente con el posible responsable
Al día siguiente, le pedí a Beto que ensillara el caballo para ir a San Jacobo, pues las autoridades seguían sin llegar con el detenido. Al llegar, me dirigí a la agencia. Allí se encontraban la autoridad, los policías, el sospechoso y otros jóvenes detenidos, a quienes acusaban de haber golpeado al presunto agresor. Los muchachos negaban la acusación, argumentando que algunos de ellos habían participado con nosotros en la celebración de la Pascua Juvenil en el pueblo.
Mientras discutían sobre si eran culpables o no, insistí en llevar al sospechoso a Río Manso, ya que Carol despejaría todas las dudas.
Por fin accedieron, dejaron libres a los muchachos y nos preparamos para el traslado. Al cruzar por el pueblo, mucha gente salía de sus casas para ver; otros solo se asomaban desde sus puertas. Pasamos por una tienda y el detenido se metió para pedir un cigarro, pero el tendero se negó y lo corrió. Manuel, el acusado, mostraba una ecuanimidad impresionante: parecía que iba a su trabajo en el campo. Su andar era tranquilo, no platicaba ni hacía ningún comentario.
En el trayecto, señaló un lugar y platicó algunas cosas con la autoridad y los policías que lo custodiaban. Como hablaban en chinanteco, supuse que se refería al lugar donde afirmaba que lo habían atacado.
Temía que intentara escapar a pesar de los cuatro policías, así que yo lo seguía atrás a caballo. A medio camino, me adelanté a Río Manso para avisar de su llegada. Durante el trayecto, me encontré a dos hombres con machete en mano; uno de ellos se metió al monte hasta que los arbustos le cubrieron todo el cuerpo. Al señor que siguió caminando le pregunté adónde iba su compañero. Me contestó que a su trabajo, y me cercioré de que efectivamente así fuera: había un tronco que estaban aserrando. Tras comprobarlo, seguí mi camino.
Al llegar a la casa, Carol y los demás aún dormían. Los desperté para avisarles y de inmediato se prepararon para salir.
Jorge preparó su grabadora. Le pregunté a Carol si le importaba que tomara algunas fotografías; me contestó que no, así que preparé mi cámara y aguardamos la llegada de la comitiva.
Cuando llegaron, los hice esperar un rato, pues Carol necesitaba tomarse un tiempo para estar tranquila. No le dije quién era Manuel. Le pedí que viera a todos y que tratara de identificar al agresor entre el grupo, consciente de que para ella todos podrían parecerle muy similares.
La confirmación de la inocencia
Carol vio detenidamente a cada uno de los jóvenes. Al notar los rasguños en la cara de Manuel, dijo que no era él. Le insistí en que se asegurara, pero ella solo confirmó su negativa: "No, él no es". Pancho le preguntó a Carol si el agresor usaba zapatos y ella contestó que sí, ante lo cual la autoridad comentó que Manuel nunca había usado calzado.
Hasta ese momento, el rostro de Manuel había permanecido como una piedra: firme, serio y tranquilo, sin mostrar preocupación alguna. Solo sus dedos se restregaban unos contra otros, hasta frotar poco a poco sus manos.
Le comenté a la autoridad que todo estaba aclarado. En ese momento se notó un relajamiento general. Presenté a todos y les pedí a los integrantes del grupo de San Jacobo que pasaran al comedor a tomar café, donde Vero, nuestra cocinera, les serviría el desayuno.
Manuel comenzó a caminar hacia el comedor y, al mismo tiempo, comenzó a llorar. "Yo nunca sería capaz de hacer lo que le hicieron a Carol; yo fui atacado camino a mi pueblo, luego me agarraron y me metieron a la cárcel toda la noche".
Tratamos de consolarlo y Carol le dijo que lo sentía. Pasamos luego a desayunar; ellos se fueron después sin decir nada y no nos dimos cuenta de su partida.
Frente a una dura realidad
Hicimos planes para el día: Jorge entrevistaría al investigador chinanteco Máximo Manzano antes de su regreso a México. Durante el desayuno, una anciana de San Jacobo nos llevó algunos tamales; al ver el huipil que llevaba puesto, a Carol le gustó mucho y me pidió que le ayudara a conseguir uno. Le ofrecí uno de los que estaban en la exposición del museo, con el compromiso de reponerlo después.
Mientras Jorge buscaba a Máximo, los demás esperamos en el jardín de la casa platicando sobre el proyecto del CECACHI (Centro Cultural Agropecuario Chinanteco), pues el padre Isidro había invitado a Margot a realizar un trabajo sobre el mismo. Les mostré el proyecto y Carol pidió llevarse una copia a su país; además, me solicitó que le enviara copias de los diferentes proyectos que realizábamos, pues ella podría intentar conseguir apoyos.
Nos platicó sobre el programa de ayuda a mujeres violadas que ella apoyaba. Leímos el texto Xto. Es Hoy Damnificado, sobre el terremoto del año anterior en la Ciudad de México.
El tiempo se nos fue platicando y, a la hora de la comida, Carol me dio una tarjeta donde escribió lo siguiente: "Gracias por toda su hospitalidad y amistad calurosa. Espero aprender a hablar el español mejor para comunicar más de mis impresiones de este pueblo. Para mí es una experiencia muy importante; siento mucha tranquilidad y paz conmigo misma, a pesar de este mal trago. Tienen muchos aspectos que todavía estoy asimilando...".
Terminamos de comer, arreglamos nuestras cosas y fuimos al pueblo. Al llegar a la tienda de don Avelino, nos esperaban Jorge y Martín con la triste noticia de que no habían encontrado a Máximo. Don Avelino nos invitó un refresco y Jorge compró una bolsa de yute con el dibujo de un pájaro, pues su programa de radio en Oakland, California, se llamaba Pájaro Latinoamericano; Carol también se llevó un morral.
Por último, nos tomamos la foto del recuerdo. Carol se puso muy contenta cuando recibió el huipil chinanteco que había pedido; después se subieron al carro y, con lágrimas contenidas, Carol se despidió.
Un nuevo sospechoso y una nueva denuncia
Pasaron los primeros días y convoqué a los jóvenes de la Brigada Juvenil Chinanteca para analizar lo sucedido; cada uno se sentía avergonzado por el hecho y no aceptaban que algo así hubiera ocurrido en su comunidad. Se comentó en todo el pueblo, pero nadie sabía ni imaginaba quién podría ser el responsable, tanto en Río Manso como en las comunidades cercanas. Acordamos que cada uno preguntaría y me informarían de lo que se enteraran.
Pasaron algunos días y me informaron que alguien del pueblo de Río Chiquito presumía en la cantina de que había “echado a una gringa”. Además, tenía fama de ser "gente que camina de noche", es decir, que se dedicaba a actividades ilegales como la siembra y comercialización de marihuana u otros cultivos prohibidos.
Decidí informar sobre esta persona, ahora en el pueblo de Montenegro Jocotepec, porque la agreción fue en su territorio. Me comentaron que sí lo conocían, pero que no podían hacer nada, pues era gente muy peligrosa y los policías no se animaban a ir por él ni a intentar detenerlo, dado que tenía mala fama.
Decepcionado ante tal respuesta e inconforme con la situación, pensé que no podía dejar así las cosas; si había una persona señalada, se tenía que hacer algo. Entonces decidí ir a levantar una denuncia de los hechos a la ciudad de Tuxtepec, pues las mismas autoridades del pueblo me lo recomendaron, reafirmando que ellos no podían hacer más, ya que no podían enfrentarse a gente que sabían que contaba con armas de alto calibre, mientras ellos no tenían gran cosa para defenderse si ocurría algo.
Después de unos días, levanté la denuncia en Tuxtepec. Me dijeron que, como no estaba la afectada, yo actuaría en representación de ella y firmaría la denuncia; solo así podrían actuar e ir por el acusado a Río Chiquito.
En días posteriores, al platicar con los jóvenes del grupo juvenil, me comentaron que ya se sabía de la denuncia tanto en Río Manso como en Río Chiquito. Me confirmaron que sí era una persona de muy mala fama y me recomendaron que me cuidara, que no anduviera solo en el pueblo ni mucho menos regresara de noche; era preferible buscar quedarme a dormir en el pueblo, por lo que me ofrecían sus casas.
Desde entonces, siempre que cruzaba el puente para dirigirme a la misión, buscaba algún tronco para sentirme seguro; además, tomé la costumbre de portar un cuchillo en el morral.
El tiempo se terminaba
Al platicar con Maximino, la persona que estaba construyendo el puente de San Jacobo, me dijo que ya era muy comentado el hecho de mi denuncia en Tuxtepec. Él mantenía mucha comunicación con las personas que le ayudaban con el puente y me sugirió que, por ningún motivo, anduviera solo en el pueblo y mucho menos fuera a Río Chiquito, pues había personas que preguntaban por mí.
Maximino me comentó que en unos días llegaría su hermano a ayudarle en el puente y, para mi protección, le había encargado una pistola para mí; me dijo que él me enseñaría a usarla. Nunca imaginé andar con un arma.
Después de un mes de haber terminado mi año en la misión y resistirme a regresar a Guadalajara sin haberse resuelto la denuncia presentada, decidí regresar finalmente y dar por terminada mi estancia en Río Manso. Comprendía que eso tomaría mucho tiempo y yo debía retomar mi vida.
En mayo de 1986 regresé a mi casa. Me sentí feliz de estar de nuevo con mi familia, con recuerdos muy hermosos de las vivencias en la Chinantla y motivado por el trabajo realizado con los jóvenes de la Brigada Juvenil Chinanteca y con lo trabajado con Máximo Manzano, pero también con el recuerdo de esa desgracia tan desgraciada.
Una forma de desahogarme de esa dura desgracia fue escribir el siguiente texto
Xto. Fue vuelto a crucificar
Llegó cuando el pueblo
celebraba la Pascua
la celebación estaba preparada
los jóvenes y los misioneros lo tenían organizado
Llegó sin dar aviso a nadie
sólo se metió entre la gente
nadie se dio cuenta
nadie le miró
Aguantó su hambre para no interrumpir a nadie ni molestar
su ayuno continuó hasta terminar la celebración
Máximo le invitó a su última cena
comió y compartió su última cena
las sobras de la comida
los asientos del champurrado
los pedazos de totopos con queso
y con su torpe español sólo dijo
“muy rica que estar la comida”
Le vimos raro
era extraña
hablaba otro idioma
se acompañaba de desconocida
de gente de fuera
Le dimos margen
le hicimos a un lado
ni le dijimos la palabra
sólo una mirada cordial
Confió en la gente
y le traicionaron
le hablaron bonito
y le engañaron…
…la engañaron
la llevaron por otro camino
camino a su nuevo calvario
Se aferró a la vida
peleó por ella
cuando sintió la muerte
vio que todo estaba consumado
Ahora no le atravesaron un costado
fue algo más que su cuerpo
fueron sus cuarenta y dos años
fueron sus dos hijas
que volaron en ese momento por su mente
fue su ayuda a Nicaragua
fue su ayuda a los damnificados
fue su entrega al programa de ayuda a mujeres violadas
El pueblo estaba de fiesta
ocupado en sus cantos
ocupado en su camino
ocupado en cuestionarse
ocupado en criticarse
ocupado en hacerse chismes
ocupado en su sueño
ocupado en…
Los apóstoles le olvidaron
le dejaron solo
estaban ocupados
Su sepulcro olía a medicina
estaba impregnado de alcohol
cuando le curaron sus heridas
volvió a quedar casi solo
sólo le acompañaban esa gente desconocida
Luego se enfrentó con la verdad
con su verdad
fue a su cruz a recoger sus clavos
su ropa desgarrada
sus papeles
sus zapatos
pero ya se la habían llevado
se la volvieron a repartir
Volvió a resucitar a la vida
sin odio en su corazón
ella reflejaba perdón
no culpó a nadie
no criticó a nadie
no maldijo a nadie
perdonó a todos
porque no sabíamos lo que hacíamos
Su fuego nuevo no fue la linda del templo
fue con nos cuantos
cuando se quemaron
los pedazos de vestido
los pedazos del traje de baño
los pedazos de su amarga experiencia
de su viacrucis
Esto fue como símbolo de su muerte
como símbolo de su vida
de su perdón
Sus primeras palabras fueron de agradecimiento
dio gracias a quienes le ayudaron
Su nuevo vestido
fue el huipil que pidió llevarse
Cuando tuvo la oportunidad de condenar
a quien se le creía culpable
al arañado de San Jacobo
a quien le checaban todos los datos
al CHINANTECO
sacó su corte de amor
–No, él no es…
con valentía agregó
–…disculpe por la confusión
Cuando se fue
no maldijo
no blasfemó
no llevaba palabra de odio
sólo se despidió
bendijo
perdonó
llevaba palabra de amor
y algunos proyectos para ver en qué podía ayudar
dijo que contáramos con ella
Xto. resucitado está con nosotros








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