06 / Entre muros: Mi primera vez en la penal de Puente Grande
@ Más de mil palabras…
Entre muros:
Mi primera vez en la penal de Puente Grande
Texto y fotografías / René Vázquez
© / CC BY-NC-ND
Siempre disfruté trabajar con Marcos Arana Cervantes; sus proyectos eran aventuras que abrazaba con entusiasmo. Colaboramos en campañas de comunicación para la Cámara de Comercio, en el diseño editorial de la Gaceta Mercantil, en varios de sus libros y en la cobertura de eventos que marcaron nuestra historia, como las explosiones del 22 de abril en Guadalajara.
Cuando Marcos me habló de su proyecto sobre el sistema penitenciario en Jalisco, supe que no dudaría. Me preguntó si me animaría a entrar al Centro Federal de Readaptación Social Número 2 Occidente, mejor conocido como “Puente Grande” o la suite de Puente Grande. Era el mismo sitio del que se fugó Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”.
El Sr. Arana conocía mi gusto por los retos; mi respuesta fue, naturalmente, un sí rotundo.
Años después, tuve la oportunidad de ingresar a los penales de Ciudad Guzmán y Puerto Vallarta. En esas ocasiones, mi labor fue documentar fotográficamente la entrega de certificados por parte del Instituto Estatal para la Educación de Jóvenes y Adultos (INEEJAD) a quienes acreditaron su primaria o secundaria dentro de los reclusorios.
El umbral de lo desconocido
Entrar a un penal era algo nuevo para mí. Tras obtener los permisos necesarios, me registré y detallé cada pieza de mi equipo fotográfico. Me asignaron un custodio para guiarme, y aunque me pidieron evitar las áreas críticas —como las torres de vigilancia o el rostro de los oficiales—, tuve libertad absoluta para capturar lo que mis ojos descubrieran.
Mi capacidad de asombro comenzó desde la cocina. Todo allí era de una escala monumental; después de todo, debían alimentar a cientos de personas. Mientras los presos limpiaban los utensilios, bromeaban conmigo y posaban orgullosos con sus herramientas de trabajo.

Retratos de la reclusión
El recorrido me llevó por contrastes profundos. En el área médica, la realidad golpeó mis sentidos: apenas unas vitrinas con medicamentos escasos y camas desgastadas. Recuerdo a un hombre mayor, postrado sobre sábanas con manchas de sangre seca, mirándome con una sonrisa melancólica mientras sus ojos se perdían en el vacío.
Más adelante, en el taller de carpintería, los reclusos se acercaron amablemente a saludar, solo para quejarse con el custodio de los robos de herramientas que sufrían entre ellos durante la noche. Era difícil de creer: incluso en un espacio vigilado, el despojo estaba presente.
Encontré celdas que contaban historias diversas. Algunas de ellas eran mercados informales donde los presos planchaban ropa para ganar “una lanita”. Otras, en cambio, eran refugios de conocimiento; una celda en particular no tenía los habituales pósteres de mujeres, sino estanterías rebosantes de libros. Su habitante me confesó: “Soy maestro, lo único que sé es enseñar; aquí doy clases de alfabetización y tengo un taller de lectura”.
El asombro se transformó en impacto al llegar a un sector especial. Vi una celda cubierta por completo con colchas desde el interior, dejando apenas una rendija para un ojo que vigilaba el pasillo. El custodio me explicó que ahí estaban los implicados en el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Vivían en una vigilancia constante, día y noche.
Más adelante, mi desconcierto creció al encontrarme con chicas que caminaban por los pasillos con shorts y escotes pronunciados. Por un momento, no hallé lógica alguna en su presencia.
Era tal mi asombro que, al verme, los custodios no aguantaban la risa al ver mi rostro de desconcierto total; no me imagino mis expresiones en ese momento tan particular.
Sólo al acercarme comprendí que era el sector para homosexuales, donde las celdas estaban decoradas con carteles de hombres atléticos. Algunos me saludaban con picardía, otros pedían ser fotografiados y muchos se cubrían el rostro, evitando mi lente.

Un eco imborrable
Pasaron semanas antes de que pudiera sacudirme las imágenes de aquel recorrido. La imposibilidad de dormir o de dejar de pensar en lo que viví se convirtió en un duro recuerdo.
Puente Grande era, para muchos, un infierno; para otros, un espacio de supervivencia, de estudio o de vocación docente. Ahora, solo le pido a Dios no caer en un lugar de esos, bajo ninguna circunstancia.








Increíble el mundo que se vive tras esos muros. Muchas historias…
ResponderBorrarYo duré muchos días con las imágenes vivas en la memoria.
BorrarExcel te reseña. Muy buenas fotografías, lo mismo que el texto. Muchas felicidades, querido René!!
ResponderBorrarMil gracias por el comentario, Un fuerte abrazo.
Borrar¡Qué interesante trabajo! ¡¡Felicidades René!! gracias por compartirlo
ResponderBorrarMil gracias por leerlo. Saludos.
BorrarVivencia impresionante, muy buenas fotografías.
ResponderBorrarMuchas gracias, saludos.
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