15 / Retar al río crecido
Más de mil y una palabras…
Retar al río crecido
San Andrés y la sombra de los setenta
Mi adolescencia transcurrió en el corazón de San Andrés, un poblado tradicional de origen antiguo que el crecimiento voraz de Guadalajara fue absorbiendo hasta convertirlo en un barrio urbano. Pese al asfalto y al avance de la modernidad, San Andrés conservó intactas sus costumbres, sus fiestas patronales y un ritmo de vida con sabor a pueblo.
Eran los años setenta, una época marcada por contrastes profundos. Por un lado, las pandillas barriales se articularon en un movimiento juvenil combativo conocido como Los Vikingos —semillero del posterior grupo armado Liga Comunista 23 de Septiembre—, manifestando la violencia, el descontento y la rebeldía de una generación; por el otro, la Iglesia local mantenía una intensa actividad comunitaria mediante la Acción Católica, espacio en el que decidí integrarme.
La llamada del camino y la Acción Católica
Comencé como monaguillo y pronto me sumé al grupo de adolescentes de la Vanguardia de la Acción Católica. Compartíamos inquietudes, lecturas, gustos y una necesidad imperiosa de explorar el mundo más allá del barrio. Las salidas dominicales se transformaron rápidamente en excursiones de varios días, acampando bajo las estrellas.
Nuestros primeros refugios fueron el bosque de La Primavera —cercano a Guadalajara y sumamente seguro cerca del balneario— y las vastas mesetas de Tapalpa, en el paraje de Las Piedrotas. En aquellos tiempos, la única precaución real era cuidarse de alguna araña o alacrán entre la hojarasca; no existía el temor a los asaltos ni la sombra de la violencia criminal que aquejaría a las carreteras décadas después.
A medida que crecíamos, el horizonte se expandía. Conquistamos las alturas del Nevado de Colima y la cumbre del Volcán de Fuego —donde mi hermano estuvo a punto de ser alcanzado por un peligroso derrumbe de rocas—, recorrimos los pinares de Mazamitla y nos adentramos en las enigmáticas Grutas de Puente de Dios. Al iniciar cada año, abríamos el calendario para marcar los fines de semana largos y asignarles un destino. Sin embargo, la Semana Santa tenía un dueño absoluto: la Barranca de Huentitán. Aquel abismo fascinante nos embrujó para siempre.
Cuando nos permitían llegar hasta la cima del Volcán de Colima
Organizábamos muchas actividades: deportivas, culturales, religiosas, etc.
El hechizo de la barranca
Durante seis o siete años consecutivos habitamos las profundidades de esa majestuosa falla geográfica. Bajar y, sobre todo, ascender cargando mochilas pesadas y equipos improvisados representaba una prueba de fuego. Nuestra inexperiencia en el excursionismo nos hacía cometer errores constantes de logística. Para aprender técnicas de supervivencia, buscamos a los Scouts de México, pero nos exigieron disolver nuestra agrupación e integrarnos formalmente a sus filas. Como nuestra identidad estaba arraigada en el grupo de Vanguardias de la Acción Católica, optamos por conservar nuestra estructura y rebautizarnos autónomamente como Movimiento Scout de Vanguardias.
Recuerdo con especial devoción la excursión que realizamos en el puente de las Fiestas Patrias de un mes de septiembre. Tras las lluvias del verano, la vegetación de la barranca alcanzaba su máximo esplendor. Los árboles de mango flanqueaban los senderos, ofreciendo frutos dulces al alcance de la mano. Aves de plumajes vistosos acompañaban la caminata, mientras ardillas, mariposas multicolores e insectos fascinantes habitaban cada rincón. Al llegar a la ribera, el agua cristalina permitía observar a los peces nadar serenamente.
Cruzábamos el histórico Puente de Arcediano —construido en 1894, el primer puente colgante de México y el segundo de América después del de Brooklyn— y bordeábamos el río Santiago hasta la conjunción con el Río Verde. Dejábamos atrás el paraje conocido como el Lago de los Caimanes para alcanzar nuestro destino definitivo: el Lago de los Murciélagos. Cruzábamos el caudal para acampar en una franja de arena que simulaba una playa continental. Al atardecer, decenas de murciélagos emergían en bandadas, rozando el agua a pocos centímetros de nosotros. Aunque la leyenda local aseguraba que en el otro tramo habitaban reptiles, la juventud nos volvía inmunes a todo temor supersticioso.
El nuevo Puente de ArcedianoLa cacería y el mapa del tesoro
En una de esas jornadas compartimos la playa con un grupo de pescadores y cazadores locales. Generosos, nos convidaron parte de su pesca y, al caer la noche, se adentraron en el monte armados con rifles. De pronto se escuchó una detonación. Al volver, traían consigo el cuerpo de un animal confundido entre la matorral: habían disparado al bulto pensando que era un conejo, pero resultó ser un hermoso cacomixtle, un mamífero de pelaje pardo y larga cola anillada en blanco y negro.
Como no era una presa comestible, me entregaron el ejemplar. Con paciencia y fascinación, le retiré la piel para curtirla y conservar el recuerdo. El cuerpo lo enterré erguido en la arena con la idea fija de regresar en la siguiente expedición, desenterrar la osamenta ya limpia por los insectos y articular el esqueleto. Dibujé un plano del tesoro tomando como referencias geométricas una enorme roca y la copa de un árbol frondoso.
Lamentablemente, años después, el histórico Puente de Arcediano sería demolido bajo el pretexto de construir una presa que jamás se concretó, destruyendo una joya del patrimonio nacional y alterando para siempre la fisonomía de la barranca.
El reto sobre el agua embravecida
Regresamos a la barranca en septiembre. Al llegar al Lago de los Murciélagos, descubrimos que las torrenciales lluvias estivales habían convertido el río en un torrente embravecido, imposibilitando el cruce a nado. Tuvimos que acampar en la orilla opuesta, justamente frente al punto donde descansaban los restos del cacomixtle.
Durante la velada compartí con mis compañeros la historia del entierro y desplegué el mapa. Mi amigo Mario Alberto, quien presumía de amplios conocimientos scout, analizó la corriente y lanzó un diagnóstico categórico: si nos arrojábamos justo en el remanso previo a los rápidos, la fuerza del agua no nos desviaría y podríamos alcanzar la playa opuesta antes de ser arrastrados hacia las rocas del cañón. La barranca poseía una fama trágica por las decenas de ahogados que se cobraba año con año, pero la inconsciencia de la juventud sepultó toda prudencia.
Mario lanzó el desafío:
—Si te avientas tú, yo me aviento detrás de ti.
A la mañana siguiente nos encaminamos a la orilla. Mi hermano observaba a la distancia, confiando en que no seríamos tan insensatos. Al meter los pies en la orilla, la helada presión de la corriente nos paralizó:
—Primero tú. Me dijo Mario.
—Tú dijiste que me seguías. Le respondí.
Cegado por la determinación de recuperar mi trofeo, me persigné, tomé aire y me arrojé a la corriente.
En las entrañas del río
Nadé con energía buscando la línea recta. Al girar la cabeza para ver a Mario, descubrí que jamás se había arrojado; permanecía inmóvil en la ribera. La trayectoria parecía perfecta hasta que estiré las piernas para tocar tierra firme. No había playa: la crecida del río había erosionado el margen, creando un abismo submarino. La fuerza del agua me succionó hacia las profundidades.
Tragué agua y perdí la noción del tiempo. Al emerger violentamente y abrir los ojos, vi que las rocas de los rápidos se abalanzaban sobre mí a una velocidad aterradora; el río me había arrastrado por debajo del espejo de agua a lo largo de todo el remanso.
En medio de la zozobra resonó en mi mente la voz de mi madre: «Siempre que estén en un grave peligro, recen un Padre Nuestro y encomiéndense a la Virgen».
Acerté a encoger las extremidades y ponerme en posición fetal para no chocar contra las piedras. Envolviéndome en mí mismo como una ballesta, me abandoné a la fuerza del torrente mientras rezaba mentalmente con fervor desesperado: «Padre nuestro que estás en el cielo... Santa María de Guadalupe...».
El río me golpeaba y volteaba en la oscuridad de la corriente. Pasó una primera curva, luego una segunda y una tercera. Al salir a tomar aire entre la espuma, divisé una enorme mole de piedra que sobresalía a mitad del cauce. Abrí los brazos y me abracé a ella con el último aliento de mis fuerzas. El agua me azotaba las piernas con furia, pero me aferré a la roca hasta lograr trepar a su cúspide.
Allí permanecí varios minutos, expeliendo el agua tragada y respirando con agonía. Al mirar río arriba, la soledad era absoluta; nadie venía corriendo por la orilla. Tras recobrar el aliento, fui saltando entre los promontorios rocosos hasta alcanzar la ribera del mismo lado donde había iniciado la aventura. Me desplomé boca abajo, caí como lagarto sobre la tierra firme, agotado, con los ojos cerrados y una profunda tristeza al asumir que mis compañeros me habían dejado solo.
La escala del peligro y la despedida
Larga fue la espera hasta que divisé a lo lejos a mi hermano, quien brincaba agitando los brazos eufóricamente. Detrás de él llegaron los demás corriendo, sin aliento. Nos fundimos en un abrazo estrecho entre risas nerviosas y preguntas atropelladas.
En el trayecto de vuelta descubrí la verdadera dimensión del suceso: el río me había arrastrado más de un kilómetro bajo el agua en cuestión de segundos. La posición fetal me salvó de morir fracturado contra las rocas del fondo.
Al llegar al campamento, nos encontramos con Efrén, el único adulto del grupo. Al escuchar los primeros gritos de aviso de que nos lanzaríamos, pensó que se trataba de una broma infantil. Solo cuando vio un bulto sumergirse y reaparecer entre los rápidos comprendió la tragedia. Mientras los jóvenes corrían enloquecidos por la orilla, Efrén se había quedado petrificado en la playa, abrumado por las preguntas fatídicas: ¿Cómo avisar a las autoridades? ¿Cómo subir la barranca a pedir auxilio? Y, sobre todo, ¿con qué cara decirle a mis padres que el río Santiago se había llevado a su hijo?
Esa excursión de septiembre a finales de los setenta fue mi última incursión a las honduras de la Barranca de Huentitán. Nunca más volví a bajar a sus abismos. Los restos del cacomixtle quedaron sepultados para siempre en la playa sumergida, aguardando en vano la llegada del plano que habría de devolverlos a la luz.
Al paso de los años tuve la oportunidad de llevar a mis hijas a conocer el legendario puente al fondo de la barranca, a unos kilómetros del Lago de los Murciélagos.

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