14 / El día que fui parte del cine

Más de mil y una palabras…

El día que fui parte del cine
 CC BY-NC-ND Texto y fotografías / René Vázquez


Los acordes de la herencia

Todo comenzó décadas atrás por la audacia de mi padre, quien, siendo apenas un niño en Mérida, siguió los cantos de sirena de una orquesta capitalina y se marchó a la Ciudad de México. Aunque al bajar del camión lo dejaron a su suerte, el desamparo lo obligó a espabilarse. 

Con los años, se mimetizó con el vibrante ambiente artístico de la época. Tuvo cómplices entrañables y hasta participó en sketches cómicos para el cine al lado de Alfonso Zayas «Pomponio», antes de que sus caminos se bifurcaran. Mientras su amigo formaba la célebre pareja de Pomponio y Kíkaro, mi padre siguió otra ruta. 

Como buen yucateco, llevaba la música en la sangre y componía canciones; algunos de sus temas llegaron a quedar grabados en aquellos viejos y pesados discos de acetato de 78 revoluciones por minuto por sus íntimos amigos de juventud, directores de orquesta como Luis Arcaraz y don Pablo Beltrán Ruiz. 

Ya instalado en Guadalajara, aprovechando el colmillo y esas viejas amistades con los grandes músicos de la época, se convirtió en su representante en el occidente del país. 

Nuestra casa se volvió un santuario donde figuras de la talla de José José, Manoella Torres, Marco Antonio Muñiz, entre otros, terminaban comiendo el tradicional frijol con puerco que él preparaba como un rito litúrgico.

Mi papá sentado en la escena, al frente, Pomponio.


El impacto de las caravanas

Un buen día, el invitado de honor fue el Magazo Beto «el Boticario», a quien conocíamos de la televisión por su «hora chinguenguenchona». 

Alrededor de la mesa, el Magazo nos regaló una confidencia cargada de nostalgia. Nos contó que, años atrás, durante una gira con las famosas Caravanas Corona por Veracruz, a él le había ido pésimo; llevaba días pasando hambre. Al ver la situación de su amigo, mi padre, a quien la suerte había sonreído en esas fechas, lo tomó del brazo y lo llevó a comer en abundancia. «Mario me mató el hambre y eso siempre se lo voy a agradecer», nos dijo con los ojos húmedos.

Luego nos reveló el verdadero motivo de su visita: estaban filmando la película Guadalajara es México en una antigua vecindad del centro histórico. Con una sonrisa, nos lanzó una invitación irresistible: participar como extras en el rodaje. 

Así fue como mi padre, mi hermano, mi primo Adrián y yo nos adentramos en las entrañas de la cinematografía.

 

El set de las sorpresas

Las escenas recreaban el regreso triunfal de un joven cantante, interpretado por Cornelio Reyna, a los brazos de Silvia, su gran amor de juventud, encarnado por una jovencísima Verónica Castro, quien por cierto cargaba a todas partes a su pequeño bebé Cristian. 

Para mi padre, la mayor y más grata sorpresa de la filmación fue enterarse de que la música de la película corría a cargo de Luis Arcaraz Jr., el hijo de su gran amigo de juventud.

Fueron tres días de un despliegue milimétrico de luces y una paciencia infinita. Por azares del acomodo, me tocó una mesa que me obligaba a dar la espalda a los protagonistas; pensé con resignación que me había tocado el peor lugar. 

Qué equivocado estaba. Al grito de ¡Acción!, nos pidieron girar las sillas para aplaudir, y quedé inesperadamente en el primer plano de la lente, apareciendo en nueve tomas de la edición final. 


Lecciones de realismo y un autógrafo efímero

Aquellas jornadas nos dejaron grandes lecciones sobre el crudo realismo del cine —como ver a un actor al que emborracharon de verdad para una escena incidental—, pero también una tremenda sorpresa económica: 120 pesos por día. 

Con los bolsillos llenos y la audacia de la juventud, me acerqué a Verónica Castro y le extendí uno de mis flamantes billetes de cien pesos para que me lo firmara. Ella abrió mucho los ojos y sonrió: «¡Caray, este autógrafo sí que vale mucho!». 

Con una ligereza que hoy me recrimino, gasté el billete tiempo después, perdiendo aquella reliquia para siempre.


Ecos en la distancia

Por desidias torpes del destino, yo nunca fui a ver la película al cine. 

Sin embargo, el verdadero impacto de la pantalla grande me alcanzó tiempo después a través de la distancia. Gabriel, un amigo del barrio que había emigrado como indocumentado a California, me reconoció desde lejos al cruzar una calle y me gritó con los ojos abiertos: «¡Mario! ¡Te vi en el cine en Estados Unidos!». 

Me contó que, asaltado por la nostalgia, entró al cine con su familia y, al ver mi rostro en primer plano, no pudo contenerse y gritó con orgullo en plena función: «¡Ese es mi amigo Mario!».

Aunque me perdí la oportunidad de verme en la gran pantalla junto a los míos, siempre guardaré esa vivencia como uno de los recuerdos más hermosos de mi juventud. 

Aquel universo indescifrable sembró en mí una semilla eterna sobre la magia y los misterios del maravilloso séptimo arte. 

Mi papá aplaudiendo muy emocionado

Mi primo Adrián Ramírez

Comentarios

Entradas más populares de este blog

23 / En búsqueda de El Chaneca

05 / "La rueda hidráulica" y los militares

09 / ¡Qué desgracia tan desgraciada!