14 / Guadalajara es México, la película
Más de mil y una palabras…
Guadalajara es México, la película
Mi papá y sus amigos artistas
Mi papá llegó a la Ciudad de México siendo un adolescente. Todo empezó en Mérida, Yucatán, cuando era apenas un niño y una orquesta capitalina fue a tocar a su tierra. Mi padre, llevado por la curiosidad, se acercó a los músicos durante los días que duró la visita y logró ganarse su afecto. Al terminar la temporada, con una ligereza que hoy asombra, los músicos lo invitaron a irse con ellos a la capital. Él, con la audacia de la infancia, aceptó y emprendió el viaje. Pero al bajar del camión en la gran metrópoli, la realidad lo golpeó de frente: no había nadie para hacerse cargo de él. Los músicos regresaron a sus vidas cotidianas, a sus propias casas, y lo dejaron a su suerte en una ciudad desconocida.
Lejos de amedrentarse, el desamparo lo obligó a espabilarse. Poco a poco comenzó a tejer una red de amigos, muchachos que, como él, compartían inquietudes creativas. Conforme crecía, se fue mimetizando con el vibrante ambiente artístico de la época. Tuvo cómplices que daban sus primeros pasos en la música o en la actuación; de hecho, él mismo participó en algunos sketches cómicos para el cine al lado de Alfonso Zayas «Pomponio». Con el tiempo, los caminos se bifurcaron: mi padre tomó otra ruta y su amigo formó la célebre pareja cómica de Pomponio y Kíkaro, inmortalizando a personajes como Rontotón.
Otros amigos de su juventud persistieron en las partituras y llegaron a fundar grandes orquestas: Luis Arcaraz «quien fue íntimo de mi padre», don Pablo Beltrán Ruiz, Pepe Castillo «padrino de mi hermano», el percusionista Leo Acosta, el gran cubano Mariano Mercerón «el feo que toca sabroso» y el Piporro, entre otros. Mi papá, como buen yucateco, llevaba la música en la sangre y componía canciones; algunos de sus temas llegaron a quedar grabados en aquellos viejos y pesados discos de acetato de 78 revoluciones por minuto. Ya en la década de los cincuenta, la vida lo llevó a convivir en las famosas «Caravanas Corona» con la constelación de estrellas de la época. Allí, entre bambalinas, hoteles de paso y aplausos compartidos con artistas que apenas despegaban y otros ya consagrados, nació una entrañable amistad con Beto «el Boticario».
El magazo Beto el Boticario
En los años setenta, aprovechando el colmillo y las viejas amistades con directores de orquesta y artistas renombrados, mi papá se convirtió en su representante para el occidente del país. Su base fue Guadalajara, donde les conseguía fechas en los cotizados bailes de graduación de las universidades locales.
Se volvió una tradición sagrada que, en cuanto ponían un pie en Guadalajara, los artistas terminaran comiendo en nuestra casa. Así, de manera natural, mi infancia transcurrió conviviendo en la mesa con figuras de la talla de Marco Antonio Muñiz, José José, Manuela Torres, don Pablo Beltrán Ruiz y Pepe Castillo, entre otros. Mi papá, ejerciendo su orgullo peninsular, les preparaba el tradicional frijol con puerco. Servir ese platillo no era cualquier cosa: era un rito litúrgico. Sentado a la cabecera, nos explicaba pacientemente a todos cómo debía servirse, el orden exacto de los ingredientes y la forma perfecta de combinarlos en el plato para que el sabor fuera auténtico.
Un buen día, el invitado de honor fue el Magazo Beto el Boticario. Para mis hermanos y para mí, aquello era un acontecimiento; lo conocíamos de la televisión, nos fascinaba ver su «hora chinguenguenchona» y nos sabíamos de memoria su ingenioso truco de desaparecer el globo inflado. Alrededor de la mesa, el Magazo nos regaló una confidencia que guardaba con gratitud: nos contó que, años atrás, durante una gira con la Caravana Corona por Veracruz, a él le había ido pésimo. Llevaba días comiendo mal, casi pasando hambre. A mi papá, en cambio, la suerte lo había sonreído en esas fechas. Al ver la situación de su amigo, mi padre lo tomó del brazo y lo llevó a comer en abundancia.
- —Mario me mató el hambre y eso siempre se lo voy a agradecer.
Luego nos reveló el verdadero motivo de su visita a la ciudad: estaban rodando la película Guadalajara es México en distintas locaciones del centro histórico, específicamente en una antigua vecindad. Con una sonrisa, nos lanzó una invitación inesperada: participar como extras en el rodaje.
Aceptamos de inmediato. La promesa de ver las entrañas del cine era una tentación irresistible, a pesar de que el horario era brutal: de tres de la tarde a la una o dos de la madrugada del día siguiente. El mago prometió hablar con el director para colarnos.
Como nos pidió que lleváramos a alguien más, pensamos en nuestro primo Adrián Ramírez, quien se sumó a la aventura sin pensarlo dos veces. El equipo quedó listo: asistiríamos mi papá, mi hermano, mi primo y yo.
El rodaje de la película
Las escenas del rodaje recreaban el emotivo recibimiento que los habitantes de una vecindad humilde le daban al hijo pródigo: un joven cantante, interpretado por Cornelio Reyna, que había salido de la pobreza para triunfar en la Ciudad de México y que volvía para celebrar su éxito con Silvia, su gran amor de juventud, encarnado por Verónica Castro. La actriz, por cierto, se estrenaba como madre en la vida real; llevaba a todas partes, en un portabebé, a su pequeño hijo Cristian Castro.
Además de ver de cerca a Cornelio Reyna, compartimos el set con María Fernanda, Lucha Palacios, doña Chonita y varias figuras más. Para mi papá, la mayor y más grata sorpresa de la filmación fue enterarse de que la banda sonora de la película corría a cargo de Luis Arcaraz Jr., el hijo de su gran amigo de la juventud.
Aunque la secuencia completa duraría apenas unos minutos en la pantalla grande, filmarla tomó tres días enteros. Fue una lección de paciencia y precisión: el despliegue de las luces, la milimétrica preparación de cada toma, el misterio detrás de las cámaras... Recuerdo mi asombro al ver cómo Cornelio Reyna tuvo que repetir hasta siete veces una toma donde solo debía pronunciar una línea de cinco palabras.
La escena en cuestión era una fiesta comunitaria en el patio de la vecindad. Para el rodaje, colocaron las mesas de los invitados alrededor del patio, dejando el centro libre para la pista de baile. Al fondo estaba la mesa principal.
Como nosotros fuimos extras de último momento, nos acomodaron en los lugares que habían quedado libres. A mí me tocó una mesa que me obligaba a dar la espalda a la pista y a los protagonistas; mi primo Adrián quedó de costado, mientras que los demás tenían una vista perfecta de frente. En ese momento supuse, con cierta resignación, que me había tocado el peor lugar del set.
Qué equivocado estaba. Al grito de ¡Acción!, cuando la cámara comenzó a avanzar para mostrar a los invitados, el asistente de dirección nos pidió que giráramos las sillas para actuar como espectadores y aplaudir durante los discursos. Al dar la vuelta, quedé inesperadamente en el primer plano de la lente. Por esos azares del cine, terminé apareciendo en nueve tomas en la edición final.
La toma del borracho
Fueron tres días de puro asombro y aprendizaje, pero hubo un detalle técnico que me dejó marcado por su crudeza. Para una de las escenas incidentales, el guion exigía la aparición de un borracho. Lo que me llamó la atención fue el método de la producción: al actor lo emborracharon de verdad.
Cuando el director gritó:
- —¡Traigan al borracho!.
Apareció un hombre tambaleándose, con los ojos vidriosos y una botella de tequila casi vacía en la mano. El tipo apenas se sostenía en pie. Se había pasado toda la tarde bebiendo por órdenes de la producción para que, al momento de filmar, su embriaguez tuviera un realismo incuestionable. Aprendí ese día que en el cine no siempre finge.
Buena paga
Al terminar las jornadas, llegó el momento de pasar por caja. Honestamente, nosotros habríamos ido gratis por la pura experiencia, por lo que recibir una paga fue una tremenda sorpresa. Nos dieron cerca de 120 pesos por día. Para un jovencito en esa época, aquello era una fortuna. A mí el dinero me rindió una enormidad: tener tres billetes de cien pesos en la cartera era algo inimaginable en mi cotidianidad.
Con los bolsillos llenos y la audacia de la juventud, se me ocurrió acercarme a Verónica Castro para pedirle un autógrafo; la rodeaba una pequeña multitud con el mismo propósito. Al llegar frente a ella, saqué uno de mis flamantes billetes de cien pesos y se lo extendí junto a un bolígrafo. Ella abrió mucho los ojos, se le iluminó la cara con una sonrisa y me dijo:
- —¡Caray, este autógrafo sí que vale mucho!
Años después me recrimino esa ligereza: nunca se me ocurrió guardar el billete firmado como la reliquia que era. No recuerdo en qué me lo gasté. Pensé, con una ilusión ingenua, que tal vez el destino haría que ese billete regresara algún día a mis manos. Nunca ocurrió.
A los meses se proyectó la película
La expectativa en la familia era enorme. Cuando el filme por fin llegó a las salas de Guadalajara, la función se convirtió en un evento familiar: fueron todos. La voz se corrió rápido entre los amigos del barrio y muchos asistieron, algunos llevados por la curiosidad y otros por el escepticismo de que fuéramos a salir en el cine.
El verdadero impacto me llegó tiempo después, a través de la distancia. Un día me encontré a Gabriel, un amigo del barrio de San Andrés que se había ido a buscarse la vida como indocumentado a California. Al verme desde lejos, cruzando la calle, me gritó con los ojos abiertos:
- —¡Mario! ¡Te vi en el cine en Estados Unidos!
Al acercarse, todavía emocionado, me platicó que había visto la película anunciada en una marquesina de California y que, asaltado por la nostalgia de Guadalajara, entró a verla con toda su familia. Lo que nunca esperó fue encontrar un pedazo de su barrio en la pantalla. Me contó que cuando mi rostro apareció en primer plano, no pudo contenerse y se puso a gritar con orgullo en plena función, ante la mirada extrañada de los cinéfilos norteamericanos:
- —¡Ese es mi amigo! ¡Ese que está ahí es mi amigo Mario!
Por una cadena de malas decisiones y desidias torpes, yo nunca fui a ver la película al cine. Me insistieron demasiado, pero lo dejé pasar. Me perdí la oportunidad de verme en la gran pantalla flanqueado por mi padre, mi hermano y mi primo.
Hay cosas que marcan en la vida
A pesar de mi ausencia en la sala, siempre he guardado esa vivencia como uno de los recuerdos más hermosos de mi juventud. Esas jornadas me enseñaron a entender la magia y el sacrificio del cine: comprender que tres días de trabajo extenuante bajo los reflectores se traducen apenas en unos minutos de metraje; asimilar el juego de las luces que transforma la realidad en cada toma; presenciar el rigor de un director que reprende con severidad a las estrellas porque se retrasaron unos minutos en la cena...
Todo ese universo, hasta entonces desconocido e inimaginable para mí, sembró una semilla. Al regresar a casa en esas madrugadas, mientras Guadalajara dormía, me quedaba pensando en que el futuro tendría que parecerse a eso: una actividad donde pudiera aprender a descifrar los misterios de ese maravilloso séptimo arte.










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