18 / Las Grutas de Puente de Dios

 

 Más de mil y una palabras… 

Las Grutas de Puente de Dios
CC BY-NC-ND Texto y fotografías / René Vázquez

 

Un destino bellamente descrito 

En el suplemento dominical del diario El Informador, a principios de los años setentas, don Luis Sandoval Godoy publicó una narración sobre unas grutas llamadas Puente de Dios, allá al sur de Jalisco, adelante de Tecalitlán, en la Sierra de Halo.

  • “…Las gentes han querido ver -el guía así nos lo explicó- la exacta configuración de una iglesia. Le llaman a una parte, el bautis­terio, porque parece como una dependencia adjunta a la basílica. Hay allí una pileta de roca, formada naturalmente, y una gota de agua cayendo y cayendo sin descanso.
  • Se ven allí lo que serían los altares laterales de una iglesia, graderías y repisas donde, por cierto, han colocado cruces de madera y hasta inscripciones místicas”.
  • Luis Sandoval Godoy / https://lsglugares.wordpress.com/puente-de-dios/

Esto es parte de la narración; además de bonitas leyendas, que después nos contarían a nosotros, fue lo que nos motivó a excursionar para descubrir tan bello lugar. Claro que fuimos varias veces.

En busca de Puente de Dios


Un día emprendimos el camino a las Grutas de Puente de Dios; fuimos José Antonio El Penta Gallegos, Pepe Ortiz, Javier El Salvaje Velasco, Manuel Gamboa Bustos, Fernando EL Guacho Olmedo, Efrén Pastor Rojo, Mario Alberto El Doc González Ramírez, Martín Gabriel Reyes Pérez, Gerardo Meza y yo.

Salimos por la noche de San Andrés rumbo a Tecalitlán; de ahí nos subimos a una troca adaptada con bancas para poder sentar a los pasajeros y poner rumbo a un campamento de taladores de árboles llamado Mexiquillo. 

Cuando llegamos al campamento, vimos que algo festejaban; al vernos, nos invitaron unas cervezas. Ninguno de nosotros aceptó; prácticamente éramos unos adolescentes.

Emprendimos el camino al siguiente punto, una ranchería llamada La Siempre Viva; sin embargo, al no tener un plano claro del camino, nos perdimos.

Éramos unos improvisados, no llevábamos botas adecuadas; únicamente dos amigos llevaban mochilas para excursionismo; los demás, bolsas improvisadas cargadas al hombro. A Penta su mamá le hizo una mochila hechiza.

Nos animaba el entusiasmo y la adrenalina por la aventura de descubrir hermosos lugares. Caminamos perdidos todo el día; la noche nos cayó a la orilla de un riachuelo.
Sacamos las sábanas y las colchas, nos preparamos para dormir; era grande la fatiga. Los sleeping los conocíamos sólo en películas.

Era una hermosa noche estrellada; los ruidos de los animales alimentaban nuestra imaginación; alguna ardilla volaba en las copas de árboles que se movían con el viento. Era maravilloso.

El gruñido de algún animal motivaba los comentarios; alguien apuntó que ahí había onzas, un pequeño felino carnívoro conocido como jaguarundi. 

Gerardo Meza no quiso pasar la oportunidad de asustarnos; Pepe le aconsejó subirse a una pequeña loma contigua, meterse entre los matorrales y hacer ruido; en tanto, gritaría que era una onza.

En la oscuridad pisó en falso y cayó muy cerca del campamento; llegó rodando, todo arañado por las espinas. Entre las risas de todos, Pepe le gritó: –Qué onza tan pendeja.

Tras cenar apenas unas galletas con chocolate, excepto Pepe, conciliamos el sueño entre pláticas de nuestras aventuras.

Al siguiente día emprendimos el camino como a las siete de la mañana; tras desayunar unos huevos con tortillas y café, intentamos encontrar el camino correcto. Quienes iban adelante por fin lo encontraron; ya eran como las cuatro de la tarde.

Encontramos a un señor a caballo; le preguntamos si íbamos bien a Puente de Dios. Él, tomando una pistola que llevaba en la cintura, sólo respondió: –Van bien. Sin más, continuamos el camino.

Un hermoso lugar



Por fin llegamos al siguiente destino, un rancho llamado La Siempreviva; esto era por un enorme arbusto de bugambilia. En ese clima todo el año florece.

Hubo de votar si nos regresábamos o continuábamos el camino; teníamos un día perdido y el tiempo contado; sin embargo, decidimos continuar. Lo hicimos prácticamente a paso veloz, bajamos los cerros a trote, sólo parábamos un poco para tomar aire.

Afortunadamente, llegamos a la ranchería La Palma; ya estábamos al borde de la barranca donde nos esperaban las grutas. Nos preparamos para el descenso, dejamos todo cuanto llevábamos, únicamente con unas cantimploras de plástico llenas con agua y unas lámparas; sabíamos que nos agarraría la noche de regreso.

Ahí vivía una señora; le preguntamos sobre cuál camino tomar, pues se dividía adelante. Pepe tomó una grabadora para grabar las indicaciones, pero cuando la mujer vio que le estaban grabando, se puso seria y dijo: –Ya no hablo. Cabe mencionar que también cargaba una pistola en la cintura.

Unas grutas impresionantes

Emprendimos la bajada, prácticamente corriendo; por fin llegamos al legendario y maravilloso lugar, contemplamos la grandeza de la naturaleza, un río saliendo de una enorme cueva, primera vez que conocía las estalactitas y las estalagmitas y varias ya juntas formando un hermoso pilar de piedra con figuras caprichosas.

El baño en el río era imperdible; nos metimos a bañar en trusas. Gerardo se puso a bailar sobre las rocas. Todo fue muy rápido. Tallamos con carbón nuestros nombres sobre el paredón rocoso.

Quedé tirado en el camino de regreso


Como nos tomaría la noche, nos vestimos rápidamente; todos se quitaron la ropa interior y se pusieron el pantalón. No sé por qué yo me puse el pantalón sobre la trusa mojada. Al subir, comencé a sentirme mal; el calor del cuerpo con la ropa mojada hizo su efecto. Me sentí resfriado, con escalofrío y me retrasé mucho, hasta llegar a un punto en donde ya no pude caminar más. Me recosté sobre una roca y me quedé profundamente dormido; por más que me hablaban, no despertaba. 

El Penta tomó la decisión de quedarse. El Doc, hijo de un reconocido doctor en nuestro barrio de San Andrés y dueño de una farmacia, comentó que él llevaba un botiquín, pero lo había dejado arriba de la barranca, en La Palma.

Martín Gabriel Reyes Pérez tomó la iniciativa de quedarse también; sólo pidieron una cantimplora con agua y una lámpara; esperarían a que regresaran con medicamentos y comida. Comenzó a caer la noche; a lo lejos solo veían las lámparas en la oscuridad.

El cansancio les alcanzó a mis amigos; se pusieron de acuerdo para dormir cada quien una hora. Tenían dos lámparas; en la plática escucharon un leve rugido; ambos disimularon no escucharlo. Lo volvieron a escuchar y se pararon con las lámparas; las hojas eran arrastradas por el viento y eso les asustaba aún más.

EL Penta traía una navaja y con una rama hizo una lanza, se la dio a Martín, pensaba que ante el ataque de un animal ambos se defenderían, el susto crecía.

Martín fue el primero en hacer guardia; continuó El Penta, pero también se quedó profundamente dormido.

Pasaron las horas, por fin despertaron, vieron luces a lo lejos; las señales con lámpara ayudaron a encontrarse. Llegaron con tacos de adobada; fueron los tacos más sabrosos que habían comido en su vida.

El Doc les pidió comer despacio. Al darme medicamentos, me desperté; me recuperé muy rápido. Emprendimos de nuevo el camino; yo, ya recuperado y descansado, fui el primero en encontrarme con los demás amigos en La Palma. Todos dormimos como piedras.

Por fin el regreso

Al amanecer emprendimos el camino a Mexiquillo; deberíamos alcanzar la troca, no había opción, de otra forma nos quedaríamos uno o dos días más, ya no teníamos dinero ni comida.

Todo era cuesta arriba; Pepe Ortiz comenzó a sentirse mal, devolvía toda el agua que tomaba, se sentía deshidratado. Gamboa fingió una lesión para descansar un poco. El Penta, quien tenía buena condición física, se adelantó para alcanzar el transporte en Mexiquillo.

Al llegar, le explicó al chofer que faltaban sus compañeros; le pidió esperarlos. El chofer comentó que él tenía sus tiempos de ruta marcados; sin embargo, aceptó esperar un poco.

A Pepe lo llevaban prácticamente cargando; estaba muy débil, sin embargo, no todos alcanzaron a llegar, por lo cual nos dividimos y unos se quedaron. Javier Velasco, El Salvaje, al subir se tiró en el piso de la troca y no despertó, pese a los brincos en la terracería.

Finalmente, llegamos a Tecalitlán y de ahí a Guadalajara; los demás llegaron al día siguiente.

En otra ocasión nos perdimos y me pidió el cuchillo


Algo tienen las grutas; muchas veces fuimos, pero pocas veces llegamos.

Recuerdo en otra ocasión, varios años después, cuando fui con El Doc; él ya era miembro de los Scouts de México, con dos amigos suyos, uno también scout y el otro que nunca había salido de excursión al campo, mucho menos a la sierra.

Para variar, nos perdimos; nunca llegamos. Cuando decidimos regresar, al subir la sierra, el cansancio y la insolación hicieron su efecto en uno de ellos, quien no pertenecía a los scouts; se recostó sobre el pasto y se quedó profundamente dormido. Yo me quedé con él, en tanto los otros dos irían a buscar agua y el camino correcto.

Yo ya tenía botas para excursionismo, me llegaban casi a la rodilla; en una de ellas guardaba un cuchillo con una pata de venado en la cacha.

El amigo de repente despertaba y desvariaba, decía cosas sin sentido con mucha desesperación. Se imaginaba lo peor. En un momento dado se quiso incorporar; al ver mi cuchillo, me lo pidió con un poco de desesperación. Me dijo: –Ya vete, aquí déjame…

Yo me asusté mucho y lo lancé muy lejos al fondo de una pequeña cañada.

Mis amigos tardaron unas cuantas horas en regresar con un poco de agua en la cantimplora; aunque la vi un poco turbia, me supo a gloria. Sólo después, ya descansados e hidratados, continuamos todos el regreso. 

Al pasar junto a una enorme roca, me comentaron que ahí vieron, en una sombra, unos insectos; decidieron escarbar y salió lodo. Esperaron un poco y con el pañuelo separaron la tierra; así fue como consiguieron un poco de agua.

Ya de regreso, en el camión rumbo a Guadalajara, este amigo me pidió que no les comentara lo sucedido con el cuchillo; afortunadamente, mientras se recuperaba, fui a buscarlo y lo pude recuperar; aún lo conservo.

Un lugar lleno de leyendas



En otra excursión, en 1974, Arturo El Kuri Angulo, Efrén Pastor Rojo, Carlos Saldaña, Eduardo Lalo Muñoz, Refugio Cuco Hernández y yo por fin pudimos llegar a las hermosas cavernas sin perdernos en el camino, en esta ocasión llegamos directo con mucho tiempo y muchas ganas. En La Palma nos comentaron algunas de las leyendas.

En Semana Santa un sacerdote suele oficiar una misa en las grutas de Puente de Dios, además son conocidas como una catedral, con hermosos tapancos y caprichosas formas en las rocas.


Cuenta la leyenda que ahí fue refugio de forajidos, quienes enterraron sus cuantiosos botines, en monedas de oro, dentro de algunas de las cuevas, sólo durante el amanecer del Domingo de Resurrección, cuando se escucha un repicar de campanas, se ilumina el lugar exacto donde se encuentra toda esa riqueza. Se tiene poco tiempo para entrar y tomar cuanto quieran, pero si no salen rápido se convierten en piedra. Afirman que a muchos le ha ganado la avaricia y ahí se quedan “–Hay formaciones rocosas en forma de personas que lo prueban”. Y sí…


Al anochecer, en La Palma, mientras sopleteábamos la fogata, Lalo recuerda lo que nos dijo un muchacho:  –Noooo, con el sombrero no porque se te va la vieja… Entonces para evitar eso, debes de soplar y al mismo tiempo decir: te vas pero vuelves.

En esa ocacsión Carlos Saldaña recogió del suelo un pequeño perico, se había caído de su nido, era imposible subirlo al gran árbol, por lo cuál lo adotó y regresó con la hermosa ave a Guadalajara.

A eso sabe la tierra

En 1985, yo era jefe de diseño en la Unidad Editorial del Gobierno del Estado de Jalisco, me tocó recibir a Don Luis Sandoval Godoy, llevaba los originales de su libro A eso sabe la tierra, para su edición.

Tuvimos una charla muy amena, le dio gusto cuando le platiqué todas las aventuras que vivimos por ir al lugar que él bellamente describió en un artículo de periódico unos quince años atrás.

Por supuesto yo le diseñé su libro, no sin antes tomar en cuenta su opinión, era algo que nunca hacíamos con los autores, todos dejaban sus originales y lo volvían a ver una vez ya impreso.



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